NARRARTIVA

   

RESIGNIFICAR(ME)

Al inicio de mi práctica docente, sentí una mezcla de emoción y nervios. No sabía realmente cómo actuar, qué decir o qué hacer. Todo era nuevo para mí, ya que ahora observaría la escuela desde una perspectiva distinta, no como alumna, sino como futura docente. Con el paso de los días, al observar la dinámica de las clases y las actitudes de los maestros, comencé a cuestionarme el tipo de educación que se estaba reproduciendo dentro del aula.

Pensaba en cómo podría yo, algún día, captar la atención de los chicos, lograr que las clases fueran dinámicas, hacerlos sentir cómodos y convertir el aprendizaje en algo enriquecedor.

A la par de esas ideas, también notaba la frustración, la indiferencia y el cansancio de algunos maestros. Eso me hizo pensar que, en realidad, poco había cambiado… las dinámicas seguían siendo las mismas, y la educación seguía fomentando el individualismo y un modelo conductista, note también prácticas centradas en el control, la repetición y el silencio, donde el docente transmitía conocimientos de manera directa y el alumno se limitaba a escuchar, memorizar y responder. Este tipo de enseñanza dejaba poco espacio para el diálogo, la reflexión y la participación.

En una clase en particular, los alumnos permanecían en silencio y solo respondían cuando se les preguntaba. Cuando participaban, lo hacían con incertidumbre, dudando de sus propias respuestas. Si la respuesta no era correcta o no coincidía con lo que la profesora esperaba, ella solo respondía con un simple “no”. Ante esto, los estudiantes no cuestionaban ni intentaban aclarar sus ideas; simplemente regresaban al silencio. Esta dinámica reflejaba una práctica educativa rígida, donde el error no era visto como parte del aprendizaje, sino como algo que debía evitarse.

Esta forma de enseñanza evidenciaba la ausencia de un enfoque crítico y dialógico. Cuando la educación se reduce a la acumulación de contenidos sin reflexión ni conciencia, se reproduce una práctica deshumanizada que limita la formación integral del estudiante.

A lo largo de la observación, noté que muchos docentes parecían cansados, desmotivados y distantes. En un inicio sentí decepción, pues parecía que solo impartían clase por obligación. Con el tiempo comprendí que detrás de estas actitudes existen contextos personales, exigencias institucionales y cargas laborales que influyen en su práctica. Sin embargo, aunque comprendo que la docencia puede ser desgastante, también creo que el compromiso y el amor por enseñar no deberían desaparecer.

Entiendo que todos somos humanos y tenemos límites, pero el ejemplo, la pasión y la forma de tratar a los alumnos también son parte del aprendizaje. No se trata de señalar, sino de reflexionar sobre el valor de enseñar con amor incluso en los días difíciles. También comprendí que ser maestro implica encontrar un equilibrio emocional, no se trata de apropiarse de los problemas de los demás (porque eso no es saludable), pero tampoco de actuar con indiferencia ante las circunstancias. Un buen docente debe saber escuchar, poner límites sanos y mantener la sensibilidad sin perder la estabilidad.

El clima escolar se caracterizaba por una relación vertical entre maestros y estudiantes. Aunque algunos docentes cumplían con los contenidos programados, las clases se sentían poco significativas y carentes de sentido para los alumnos. Predominaba una dinámica donde el maestro hablaba y los estudiantes escuchaban. El entorno físico del aula tampoco favorecía. El salón carecía de iluminación adecuada, se encontraba desordenado y sucio, y presentaba múltiples obstáculos que representaban un riesgo. Estos factores influyen directamente en el desarrollo emocional y cognitivo, haciendo que el espacio escolar se perciba como poco seguro y nada motivante.

Reflexioné también sobre la manera en que algunos maestros ejercen la “autoridad”, se observaban prácticas disciplinarias basadas en el castigo y la generalización... la autoridad en el aula no debería basarse en eso, sino en el respeto mutuo. Frases como “por uno pagan todos” evidenciaban una forma de ejercer la autoridad sin sentido de justicia ni equidad, afectando la confianza de los alumnos y generando miedo a participar. La verdadera autoridad nace del respeto, no del temor…

Hubo un momento durante la práctica que dejó una huella en mí. Un día, durante el receso, observé a un chico que se había quedado solo en el salón, llorando. La maestra que estaba con él le pidió que fuera con el prefecto, pero el alumno no respondió. Al notar la prisa de la docente, decidí quedarme con él, aunque sabía que no debía hacerlo. Me senté cerca y le pregunté si estaba bien. Entonces comenzó a platicarme el motivo de sus preocupaciones, me comento que había reprobado dos materias y que no había recibido oportunidad de recuperarlas. Me confesó que tenía dislexia, lo que le dificultaba realizar sus trabajos; le sugerí que hablara con sus maestras, y su respuesta me dejo pensando:

“¿Tú crees que a las maestras les va a interesar lo que pasa conmigo? A ellas solo les importa su vida, y nada más.”

Sus palabras me dolieron, no las esperaba... pero en el fondo sí. Reflejaban la falta de acompañamiento y de reconocimiento a las necesidades individuales de cada alumno, muchas veces me había hecho la misma pregunta durante los días de observación: ¿Cómo me sentiría yo si fuera alumna en este grupo, con estos maestros? También pensaba en ellos: ¿Cómo se sienten los profesores? ¿Por qué se ven tan cansados e indiferentes? Después de ese día, noté un cambio en el, participaba más y se esforzaba. Esto confirmó que cuando un estudiante se siente escuchado y valorado, puede asumir un rol más activo. La educación, entonces, se revela como un acto humano, ético y transformador

Esta vivencia me llevó a reflexionar sobre la importancia de la inclusión y el reconocimiento de la diversidad. Cada alumno aprende de manera distinta e ignorar estas diferencias reproduce exclusiones. En este sentido, la propuesta de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) cobra total relevancia, pues plantea que nuestro rol como docentes debe ser guiar, acompañar y fomentar la autonomía, reconociendo al estudiante como el centro del proceso educativo.

Estas reflexiones se vinculan con mi historia personal. Crecí en un entorno que valoraba la comunidad y las tradiciones. La influencia de mi madre fue fundamental; de ella aprendí la importancia de la empatía. Ella una vez me dijo “Nunca olvides quién eres, tu esencia” y eso lo tengo arraigado. Mi paso por la escuela estuvo marcado por experiencias que me hicieron sentir infravalorada. Con el tiempo comprendí que esas marcas pueden convertirse en cicatrices o en alas. El poder que tiene un maestro es enorme, influye en la vida de ciertos alumnos, para bien o para mal. Todos recordamos a un maestro que nos marcó, por su bondad o por apático…

Fue entonces cuando decidí que quería ser maestra, pero una que no reproduzca prácticas que lastiman, sino una que impulse, motive y acompañe. Ser maestra, para mí, es un acto de compromiso ético, de responsabilidad social y de amor por la educación y por los demás.

Al finalizar mi práctica, me fui llena de emociones. Bastó con observar a algunos alumnos para comprender el enorme poder que tiene un docente en la vida de las personas. Hoy reconozco que para lograr una mejora real es necesario iniciar con un proceso de autoanálisis. Solo así es posible transformarnos y contribuir a una educación más solidaria, inclusiva y consciente.

Finalmente, me gustaría decir que, aún me queda mucho por aprender, y me siento feliz y abierta a todo lo que este proceso me enseñará. Este es apenas el comienzo de un camino que dará sentido a mi futuro y a mi sueño; y como dice la canción de la película TIERRA DE OSOS “Que sepa el mundo en marcha estoy, que voy a cumplir mi misión, los cielos azules por donde voy, dan alas a mi corazón” y mi lema siempre será la canción de Víctor Heredia  2008 “Yo vengo a ofrecer mi corazón” cantada por Mercedes Sosas.




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